El deseo que me sostuvo

 


Querido diario:
Me he embarcado en un viaje turbulento. Y he decidido quedarme.

Hubo noches de confusión, de ruido mental, de mareas internas que me llevaron a mirar de frente el abismo. No sentí miedo. Era más bien una extraña mezcla de incertidumbre y calma, como si incluso caer hubiese sido una posibilidad aceptable.

Pedí al universo una señal. Pedí saber cuál era mi propósito. Grité tan fuerte al cielo que, de algún modo, me escucharon.
Emilia, eres la vida que surge a partir de un deseo. Aquello que nació cuando la súplica dejó de ser pregunta y se transformó en esperanza.

La turbulencia ya no azota mi mente. El camino no se ha despejado del todo, pero ahora puedo sentirlo. Algo dentro de mí despertó, algo se encendió. Camino —o navego— sin ver, con los ojos vendados, pero con una certeza íntima: hay una dirección que mi cuerpo y mi alma conocen antes que mi razón.

Es como si una fuerza que no alcanzo a comprender me susurrara que todo estará bien. Intento nombrarla y la única palabra que aparece es amor.
Diario, he decidido quedarme. Porque el cielo me entregó una estrella y, con ella, la voluntad de avanzar. Agradezco haber sido parte de esta historia y, si pudiera dejarte un consejo, sería este: confía, entrégate, ama. La vida es demasiado breve para quedarnos detenidos en una sola fracción de ella.

Disfruta.

Me despido, querido diario.
Quedarse también es un acto de valentía.
Hoy habito esta certeza frágil y hermosa,
y dejo una luz encendida, por si el silencio vuelve a tener algo que decir.
Si el corazón tiembla otra vez, regresaré para nombrarlo en palabras.

Belén P.

Escrito desde una voz que hoy aprende a quedarse. 

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