Marchar
Aun así, aquel extraño me mira de lejos con intriga, sin saber que ha iniciado un incendio en mi cabeza con solo su mirada.
Me debo marchar, y esto es un adiós, porque no he aprendido el arte de aparentar que todo está bien. Mi alma desborda amor e intensidad, y temo por mí. Entonces debo huir. Debo marchar de aquel hombre que iluminó, con un destello, mi mente. Debo huir de esos pensamientos que me hacen llorar de madrugada, imaginando que algún día podría reconocer mi alma y no solo la superficie que me habita.
Estoy llorando. Las despedidas me duelen, pero debo ser valiente y, esta vez, no zarpar en el barco de la incertidumbre. Ahora elijo quedarme en puerto, caminando por la orilla del río, sin sumergirme, observando de lejos, dejando este escrito como evidencia de mi valentía.
Algunos me llamarán cobarde, pero ¿es cobarde aquel que elige dar un paso al costado de un amor que no es correspondido?
Creo que es una decisión sabia. Porque cuando hay amor de verdad, este nace y nutre a ambas personas; crece como un campo de girasoles y no debería sentirse como un incendio que ahoga y consume.
Me marcho. Me llevo conmigo solo lo que es mío, y lo guardaré para cuando pueda ser visto. El río fluye… y mis lágrimas, algún día, dejarán de pesar.

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