Un día para ir más lento

 


Hoy amanecí triste.
Con un nudo en el pecho, con ganas de gritar.
Quizás estoy molesto, quizás solo necesito un abrazo… pero si lo pienso demasiado, me desmorono. Y lo que queda es tristeza. Tristeza por mi vida, por esta costumbre mía de ser siempre el contenedor de todos, mientras me pregunto: ¿y quién me contiene a mí?

Hoy amanecí triste, así que decidí ir más lento.
Me tomé mi tiempo para levantarme. En la ducha, solo dejé que el agua cayera sobre mí, y me quedé ahí, sintiéndola recorrerme, como si el agua pudiera llevarse algo de esta pena. Me vestí despacio. Todo seguía pesando, pero no podía dejar de hacer mis cosas.

Cuando quise ponerme los audífonos, uno no funcionó. Me frustré. Respiré hondo y seguí, caminando con música en un solo oído. Decidí ir más lento hacia el metro. Caminé sin prisa, con esa sensación de vacío que no me suelta.

En el vagón, las lágrimas comenzaron a salir solas. No quería llorar. Tenía que llegar bien al trabajo. Pero no podía evitar pensar, en cuánto necesito un abrazo.

Al salir del metro, elegí las escaleras mecánicas. No tenía fuerzas para subir las otras, como acostumbro. Caminé al trabajo despacio. Sin ganas de seguir mi ritmo habitual. Hoy no es un buen día, y lo único que puedo hacer es darme tiempo, porque hoy me cuesta sostenerme… y no quiero derrumbarme.

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