Una experiencia humana

 



Creemos que existimos, pero negamos nuestras emociones y sentimientos en el instante mismo en que la vida nos enfrenta a una experiencia difícil o abrumadora. Vivimos con poco tiempo para detenernos a experimentar lo esencialmente humano.

Y según yo —y también Lacan, quizás—, lo humano no está en la razón, sino en esa grieta que habita en cada uno: el deseo, la falta, lo que nunca termina de completarse. Ser humano es estar incompleto… y aun así, sentirlo todo.

No hablo de simplemente saber que estás vivo, sino de experimentarlo con el cuerpo, con el alma, con el temblor de quien no tiene garantías. Porque a veces nos perdemos en los vacíos mentales que nos habitan, en esa insistencia del pensamiento que nos desvía de lo vital. Y entonces, un día, abrimos los ojos y nos encontramos atrapados en una realidad que simplemente aceptamos, porque “así debía ser”.

El sistema nos debe una disculpa. Por habernos enseñado a venerar la fuerza sin ternura, el control sin compasión. Por habernos educado en un orden que silencia al que no encaja, al que sufre en voz baja, al que no puede ser nombrado.

Lacan diría que ese sistema es el orden simbólico: el lenguaje, la ley, el conjunto de normas que nos constituyen desde antes incluso de nacer. Y en él, muchos quedan fuera. Quienes no tienen palabras, quedan también sin lugar.

¿Esto cambiará? Tal vez no. Pero reflexionar ya es un acto de subversión, y si estás leyendo esto, lo estás haciendo bien. No hay prisa, pero tampoco olvido: no olvides a quienes no pueden alzar su voz.

No necesitas un video viral para ayudar. A veces basta con mirar, con escuchar, con no pasar de largo. La subjetividad se dignifica en lo más mínimo: un gesto, una palabra, una presencia.

Vamos a morir, sí. Y nuestro legado no es lo que dejemos en un papel ni en una red social.
Es haber hecho de esta vida una oportunidad para vivir con el otro, para sentir con el otro, para darle un lugar al otro.

Porque sí: necesitamos al otro para existir. Lacan lo explicó en su teoría del espejo: no somos sin esa mirada que nos reconoce, sin esa voz que nos llama por nuestro nombre.
Somos deseo, sí. Pero el deseo de ser reconocidos, de ser amados, de ser salvados.

Cada persona tiene su historia. Y en cada historia, siempre hay alguien que puede salvar a otro.

Y si cada historia guarda la posibilidad de salvar a otro… entonces, tal vez, también podamos salvarnos en el intento de mirar con ternura.


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