Descalzo
Hoy camino descalzo.
Aprender a caminar no ha sido
fácil. Me he caído muchas veces, y en más de una ocasión, ni siquiera supe cómo
logré levantarme. La vida me ha mostrado una infinidad de matices, y si algo
permanece, es la experiencia que queda tras cada caída. Pero aquí estoy,
intentándolo una vez más.
Nadie te enseña a ser persona.
Nadie te dice cómo construir tu historia. El mundo y las personas moldean una
imagen de lo que creen que somos, pero no somos solo lo que los demás ven.
Quiero creer que somos lo que sentimos, y también la huella que dejamos en
quienes se cruzan con nosotros, aunque sea por un momento.
Veo el mundo a través de mis
ojos, pero lo vivo con mis emociones, con mis experiencias, con mi historia.
Mientras respire —hasta mi último
aliento— siempre tendré una palabra, un cariño, un gesto de amor para quien lo
necesite. Porque dentro de mí hay un niño al que le faltó mucho amor, y cada
día intento ser la persona que ese niño habría necesitado. Hoy me tengo a mí
mismo, y valoro mi compañía. Y al mismo tiempo, agradezco profundamente a
quienes, con pequeños gestos, me enseñaron lo que es el amor —no un amor
romántico necesariamente—, sino ese amor que se expresa en una sonrisa, en un
abrazo, en escuchar sin juzgar, en un detalle que parece mínimo, pero que puede
cambiarlo todo.
La vida me llevó al límite, pero
yo fui mi propio salvavidas. Me enseñé a amarme.
Y creo, desde lo más profundo, que esa es la enseñanza que quiero dejar en mi
paso por esta vida: aprender a estar para otro es vital… pero alguien tiene que
ser el primero en hacerlo.
Y hoy, en este día que me
recuerda que sigo aquí, camino descalzo, pero firme, abrazando cada cicatriz
como parte del mapa que me trajo hasta este momento.
Que el viento me despeine, que la vida me sorprenda, y que el amor —propio y
compartido— me siga encontrando.
Feliz cumpleaños para mí.
Que nunca me falten motivos para
celebrar que sigo eligiéndome…
y sigo eligiendo creer en el amor.


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